Luz Arcoiris

El Machismo y los Micromachismos

Posted on: September 17, 2013

machismo21

Desde una perspectiva psicológica este artículo ayuda a identificar comportamientos machistas leves que a veces no llegan a percibirse fácilmente.

Chicas: Es importante hacerte consciente  si estas permitiendo o no comportamientos machistas en tu vida,  pues cada momento es una oportunidad para replantear los acuerdos con los que quieres vivir . Tu eres responsable de lo que dejas entrar en tu vida. Recuerda no caer en victimizaciones pues el hacerlo implica otorgarle tu poder a la otra persona. No hay culpables ni víctimas. Cada uno decide lo que quiere crear. Las mujeres les recordamos a los hombres vivir desde la igualdad y el equilibrio.

El machismo es una herencia social que viene dándose en casi todas las culturas desde hace muchas generaciones. Es una decisión colectiva que todos decidimos experimentar hace mucho tiempo . Suprimir la sabiduría femenina para aprender de la masculina sin la femenina. Hoy nos damos cuenta de que una no puede vivir sin la otra, el desequilibrio que se genera es inevitable. Poco a poco la energía femenina va recobrando su poder  hasta lograr balancear las dos sabidurías.

~ Luz Arcoiris ~

Tradicionalmente el machismo ha estado asociado a la jerarquización y subordinación de los roles familiares en favor de la mayor comodidad y bienestar de los hombres. También es parte del machismo el uso de cualquier tipo de violencia contra las mujeres con el fin de mantener un control emocional o jerárquico sobre ellas. De hecho, el machismo es considerado como una forma de coacción no necesariamente física, sino psicológica, siendo esta forma de expresión protectora una discriminación, ya que se ven subestimadas las capacidades de las mujeres alegando una mayor debilidad. El machismo, asimismo, castiga cualquier comportamiento femenino en los varones, lo que es la base de la homofobia.

El Machismo engloba una serie de conductas, prácticas sociales destinadas a justificar y promover el mantenimiento de actitudes discriminatorias contra femenino, es decir todo el entorno simbólico que rodea la figura de la mujer. La base de estos comportamientos está fundamentada en el mito de la superioridad masculina. Lo cual paradójicamente también repercute en el propio hombre, haciéndole victima de sus formas de expresión de los sentimientos, y reorientándolas hacia estructuras emocionales institucionalizadas.

Algunos factores que han contribuido a su supervivencia y continuidad son:

Leyes discriminatorias hacia la mujer, como la diferencia de tratamiento en el caso del adulterio: en algunas culturas, el adulterio, el embarazo previo a la concertación del matrimonio son castigadas con la pena capital. También la Necesidad del permiso del varón para realizar actividades económicas, o la negación del derecho al voto o a otros derechos civiles.

Educación machista desde las escuelas o la propia familia, por el cual el proceso de enculturación trata de justificar y continuar el orden social existente. Eso incluye consideración de valores positivos la sumisión al marido, el matrimonio y la procreación como una forma preferente de autorrealización.

Discriminación en el ámbito religioso, en países de predominio musulmán (como el antiguo régimen talibán de Afganistán), en determinadas ramas del cristianismo (como el mormonismo y el catolicismo), en los ortodoxos judíos, en el hinduismo, etc.

División sexista del trabajo, por el cual los hombres prefieren a otros hombres en puestos directivos (originalmente la división sexista se fundamentó en la diferente capacidad física y muscular, en la que los hombres tenían ventaja comparativa. En cambio, en las modernas sociedades tecnológicas la fuerza física es irrelevante, siendo inmensamente más importante las capacidades intelectivas y las habilidades sociales, sin duda eso ha permitido la incorporación de muchas mujeres al trabajo asalariado). También se refiere a un pago de salario menor a las mujeres que a los hombres a cambio del mismo trabajo.

Los medios de comunicación y la publicidad sexista, al realzar ciertas conductas o modelos como siendo los más adecuados o típicos de las mujeres.

Parte del problema es el arraigado sentimiento de que las mujeres están para atender las necesidades del hombre. Sin embargo los cambios sociales y una menor permisividad con conductas hostiles hacia las mujeres han provocado que el machismo este siendo desenterrado, al menos en su faceta violenta, dando origen a otro tipo de conductas.

Los Micromachismos  son prácticas de dominación y violencia masculina en la vida cotidiana, comprenden un amplio abanico de maniobras interpersonales que impregnan los comportamientos masculinos en lo cotidiano. Son esos pequeños y cotidianos controles, imposiciones y abusos de poder de los varones en las relaciones de pareja, al que diversos autores (Miller, Bourdieu, Glick, Castañeda, etc.) han llamado pequeñas tiranías, terrorismo íntimo, violencia “blanda”, ”suave” o de “muy baja intensidad”, tretas de la dominación, machismo invisible o sexismo benévolo. Y con las que los varones intentan, en todos o en algunos ámbitos de la relación (y como en todas las violencias de género):
• imponer y mantener el dominio y su supuesta superioridad sobre la mujer, objeto de la maniobra;
• reafirmar o recuperar dicho dominio ante la mujer que se “rebela” de “su” lugar en el vínculo;
• resistirse al aumento de poder personal o interpersonal de la mujer con la que se vincula, o aprovecharse de dichos poderes;
• aprovecharse del “trabajo cuidador” de la mujer.

Son microabusos y microviolencias que procuran que el varón mantenga su propia posición de género creando una red que sutilmente atrapa a la mujer, atentando contra su autonomía personal. Están la base y son el caldo de cultivo de las demás formas de la violencia de pareja y son las “armas” masculinas más utilizadas con las que se intenta imponer sin consensuar el propio punto de vista o razón. Comienzan a utilizarse desde el principio de la relación y van moldeando lentamente la libertad femenina posible.

Su objetivo es anular a la mujer como sujeto, forzándola a una mayor disponibilidad e imponiéndole una identidad “al servicio del varón”, con modos que se alejan mucho de la violencia tradicional, pero que tienen a la larga sus mismos objetivos y efectos: perpetuar la distribución injusta para las mujeres de los derechos y oportunidades.

Los varones son expertos en estas maniobras por efecto de su socialización de género que les inocula la creencia en la superioridad y disponibilidad sobre la mujer. Ellos tienen, para utilizarlas válidamente, un aliado poderoso: el orden social, que otorga al varón, por serlo, el monopolio de la razón y, derivado de ello, un poder moral por el que se crea un contexto inquisitorio en el que la mujer está en principio en falta o como acusada: “exageras’ y “estás loca” son dos expresiones que reflejan claramente esta situación (Serra, 1993). Aun los varones mejor intencionados y con la autopercepción de ser poco dominantes los realizan, porque están fuertemente inscritos en su programa de hábitos de actuación con las mujeres.

Algunos micromachismos son conscientes y otros se realizan con la inocencia del hábito inconsciente. Con ellos los varones no solo intentan instalarse en una situación favorable de poder, sino que internamente buscan la reafirmación de su identidad masculina –asentada fuertemente en la creencia de superioridad y en la necesidad de control- y satisfacer deseos de dominio y de ser objeto de atención exclusivo de la mujer. Además, mantener bajo dominio a la mujer permite también mantener controlados diversos sentimientos que la mujer provoca, tales como temor, envidia, agresión o dependencia. (Bonino, 1990). Dos mecanismos psicológicos favorecen el sostenimiento de estas prácticas como de otras que conducen al racismo, la xenofobia o la homofobia: uno, la objetificación (la creencia de que solo algunos varones blancos heterosexuales tienen status de persona permite percibir, en este caso, a las mujeres como “menos” persona, negándoles reconocimiento y justificando el propio accionar abusivo (Britann, 1989)), y otro, la identificación proyectiva (la inoculación psicológica de actitudes, invadiendo el espacio mental ajeno). Si bien estos aspectos no serán desarrollados en este trabajo, no pueden ignorarse a la hora de trabajar en la desactivación de estas maniobras.

Puntualmente, los micromachismos pueden no parecer muy dañinos, incluso pueden resultar normales o intrascendentes en las interacciones, pero su poder, devastador a veces, se ejerce por la reiteración a través del tiempo, y puede detectarse por la acumulación de poderes de los varones de la familia a lo largo de los años. Su ejecución brinda “ventajas”, algunas a corto y otras a largo plazo para los varones, pero ejercen efectos dañinos en las mujeres, las relaciones familiares y ellos mismos, en tanto quedan atrapados en modos de relación que convierten a la mujer en adversaria, impiden el vinculo con una compañera y no aseguran el afecto (ya que el dominio y el control exitoso solo garantizan obediencia y generan resentimientos).

Los tipos de maniobras que los varones infiltran en la vida cotidiana como comportamientos considerados normales se pueden clasificar en cuatro categorías: utilitarias, coercitivas (o directas), encubiertas (de control oculto o indirecto) y los de crisis:

Los micromachismos utilitarios, denominados así por su índole utilitaria. Son estrategias de imposición de sobrecarga por evitación de responsabilidades, y su efectividad está dada no por lo que se hace, sino por lo que se deja de hacer y que se delega en la mujer, que así pierde energía vital para sí. Algunos micromachismos de esta categoría son: la no responsabilización sobre lo doméstico (ya sea ninguna, la ayuda, o el ventajismo), y el aprovechamiento y abuso de las capacidades “femeninas” de servicio (la naturalización y aprovechamiento del rol de cuidadora, la delegación del trabajo del cuidado de vínculos y personas, los requerimientos abusivos solapados o la negación de la reciprocidad).

En segundo lugar se encuentran los micromachismos encubiertos, que se caracterizan por su índole insidiosa, encubierta y sutil, razón por la que son muy efectivos. Aunque el objetivo del varón que los ejerce es claro -dominio, imposición de las “verdades” masculinas y forzamiento de disponibilidad de la mujer para mantener las cosas en la dirección elegida por él-, éstos son ocultados tras “otras razones. Llevan la mujer a coartar sus deseos y a hacer lo que no quiere.

Estos micromachismos son los más manipulativos, y por sus características de encubiertos, la mujer no suele percibirlos, aunque es “golpeada” psicológicamente por ellos con diversas intensidades. Algunas muestras de ellos son: la creación de falta de intimidad (comportamientos activos de alejamiento, con los que el varón intenta controlar las reglas de juego de la relación a través de la distancia: silencio, aislamiento y malhumor manipulativo, avaricia de reconocimiento y disponibilidad), la pseudointimidad y pseudocomunicación (la comunicación defensiva-ofensiva, los engaños y mentiras, la actitud pseudonegociadora),el paternalismo, las inocentizaciones (consistentes en declararse sin responsabilidades, en cuanto a la producción de disfunciones y desigualdades en lo cotidiano, tales como la inocentización culpabilizadora/ condenatoria de la mujer o diversas formas de autoindulgencia y autojustificación -hacerse el tonto o el bueno, impericias y olvidos selectivos, minusvaloración de los propios errores, echar balones fuera-)

Los micromachismos coercitivos cuya característica particular es que en ellos el varón usa la fuerza (no la física sino la moral, la psíquica, la económica o la de la propia personalidad) de un modo “directo”, para intentar doblegar a la mujer, limitar su libertad, expoliar su pensamiento, su tiempo o su espacio, y restringir su capacidad de decisión.

En último lugar nos encontramos con los micromachismo de crisis que se utilizan en períodos en los que el estable desequilibrio de poder en las relaciones de pareja entra en crisis y se desequilibra en dirección a una mayor igualdad, tanto debido a un aumento de la autonomía femenina, como por una disminución del la sensación de control y dominio del varón debido, por ejemplo, a razones de pérdida laboral o de limitación física.

Generalmente estas situaciones de cambio se acompañan de reclamos por parte de la mujer de mayor igualdad en la relación. El empleo de estos comportamientos tiene por objetivo evitar el cambio de statu quo, retener o recuperar poder de dominio, eludir el propio cambio o sosegar los propios temores a sentirse impotente, inferiorizado, subordinado o abandonado (que son los temores con los que los varones, desde la socialización genérica, suelen reaccionar ante las relaciones igualitarias con las mujeres) . Ejemplos de estos micromachismos son: el hipercontrol, el seudoapoyo, la resistencia pasiva, el refugio en la crítica al estilo “femenino” de reclamo, el prometer y hacer meritos, el victimizarse, el dar pretextos, o “darse tiempo” para el cambio.

Aunque uno a uno los micromachismos pueden parecer intrascendentes y banales, su importancia deriva de su uso combinado y reiterativo que crea un clima más o menos tóxico de agobio y mortificación, que sutilmente va encerrando, coartando o desestabilizando en diferentes grados, atentando así contra la autonomía personal y la integridad psicológica de la mujer si ella no las descubre (a veces pueden pasar años sin que lo haga), o no sabe contramaniobrar eficazmente. Van creando así las condiciones para perpetuar la disponibilidad de la mujer hacia el varón, y evitar lo inverso. Una de las razones de su gran eficacia, es que, dada su casi invisibilidad van produciendo un daño sordo y sostenido a la autonomía femenina que se agrava en el tiempo. Al no ser coacciones o abusos evidentes es difícil percibirlos y por tanto oponer resistencia y adjudicarle efectos, por lo que cuándo éstos se perciben, no suelen reconocerse como producidos por estas trampas manipulativas. Los micromachismos atentan, como otras formas de dominio sobre las mujeres, contra su libertad, su autonomía y su capacidad de elegir.

La manera de estructurar las tres entidades (principales) que contribuyen a instaurar y mantener un sistema de poder basado en el género como son patriarcado, sexismo y machismo, sería, como  indica la figura a través del sistema de creencias, abstracto y simbólico que supone el patriarcado como creador de verdades rectoras, del que se alimentarían tanto el sexismo como el machismo. A su vez el patriarcado es retroalimentado y se nutre de los comportamientos sexistas  y las conductas machistas.

En otras palabras, el patriarcado es el imaginario social, el sexismo es el método, la estrategia y por último el machismo es el comportamiento; por lo se vincula a las relaciones (inter)personales cotidianas menos explícitamente reguladas, mientras que el sexismo con lo institucional. Y es en las instituciones, es donde suelen formularse, implícita o explícitamente, los reglamentos de funcionamiento del sistema y, en el sentido histórico, probablemente sea su nivel instaurador. (Cucchiari, 1996; Vendrell Ferré, 2003).

① El origen de la palabra viene definido por micro”, al decir de Foucault, de lo capilar, lo casi imperceptible, lo que está en los límites de la evidencia. Y “machismo”, en alusión al lenguaje popular, con una connotación negativa de los comportamientos de inferiorización hacia la mujer (Bonino, 1990).

② El sexismo es el conjunto de todos y cada uno de los métodos empleados en el seno del patriarcado para poder mantener la situación de inferioridad, subordinación y explotación del sexo dominado: el femenino. (Sau, 2000: 257).

http://www.javiermiravalles.es/Sexismo%20Ambivalente/El%20Machismo%20y%20los%20Micromachismos.html
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